-Primero que nada -dijo mientras entraban a una cafetería poco llena-, será encontrar un lugar donde quedarnos, un motel, por ejemplo. Pagaré... cuarenta y ocho horas, así que mañana mismo debemos acabar con esto.
-Tú sabes que puedo seguir su olor, la maldad que irradia, pero necesito algo suyo para poder distinguirlo del resto -dijo Cave mientras saltaba sobre la mesa en la que la chica se había sentado.
Verónica tensó la mandíbula.
-Señorita, ¿Qué le traigo? -un mesero de aspecto aburrido le extendió una carta menú.
-No es necesario, gracias, sólo quiero un café americano, y un panqué sin pasas. Y... El diario de hoy -respondió.
El mesero se retiró.
-¿El diario de hoy? -preguntó Cave, curioso.
-Algo debe decir sobre los asesinatos, quizás si menciona alguna dirección podemos ir hasta ella y podrás oler la escena del crimen y distinguir su olor -explicó ella hablando en tono precavido para no despertar sospechas.
-¿Nos dejarán entrar? En esos sitios suelen poner cintas y...
-Ya, ya sé, nadie se va a enterar, y si nos atrapan sólo verán a una niña curiosa, no me darán cadena perpetua por eso.
-¿Y si no hay direcciones?
-Joder, tiene que, al menos una... por cierto, el panqué es para ti.
-Gracias, Ve, ¿tú no tienes hambre?
-No, estoy muy emocionada como para comer -respondió ella arrugando la nariz.
El mesero regresó con el café y el panqué, y extendió el diario a la chica.
-Muchas gracias -dijo ella y le puso cinco cucharadas de azúcar al café, y comenzó a hojear el diario con el ceño fruncido.
-¿Nada? -preguntó Cave al cabo de un rato.
Verónica no respondió, al cabo de un par de minutos sonrió y dijo:
-Aquí está.
Guardó la hoja del diario en la bolsa del abrigo. Nadie se dio cuenta de cómo el panqué recibía las mordidas invisibles de Cave, que desapareció sobre el plato; y la chica se bebió el café, que se enfrió con velocidad. Pagó y salieron a la calle.
-Vamos por un taxi, le doy la dirección y llegamos al lugar exacto, así de fácil.
-¿No que iríamos al motel? -le respondió Cave.
-Cave, colabora un poco. Moteles hay muchos, conozco uno. Siempre hay vacantes, no es caro, relájate.
-¡Ahí! ¡Un taxi! -dijo él.
Verónica levantó el brazo, mientras con una mano extrajo la página del diario. Subieron al taxi.
-A la calle 72, en Dahmer, por favor.
-¿Vas sola a ese lugar? -preguntó el taxista mientras la miraba extrañado por el espejo retrovisor.
-A la 72 en Dahmer -repitió ella seria.
-Bueno -respondió el taxista encogiéndose de hombros.
***
Verónica y Cave permanecían de pie contemplando los restos de lo que alguna vez fue una pequeña feria nómada. Los puestos permanecían destartalados y con la pintura salpicada de óxido, la rueda de la fortuna era habitada por cuervos que chillaban en lo más alto, el carrusel permanecía cubierto de enredaderas, y los restos de la lluvia aún producía goteos lentos en todas partes. La noche ya estaba dominando todo, y lo siniestro del lugar pegaba en la cara por medio de un aire pesado y helado. Y justamente en la entrada donde ellos permanecían quietos, una telaraña de cintas amarillas con letras negras rezando "ALTO" tapizaban la entrada.
-Vamos -dijo ella tragando saliva- que si se hace más no podremos ver nada.
-Yo sí -dijo él riendo.
-No si te saco los ojos -le respondió mirándolo con los ojos entrecerrados y se acostó, comenzó a arrastrarse con los codos y consiguió pasar bajo las cintas. Se puso de pie y se sacudió, Cave ya estaba a su lado.
-¿Ves, Cave? Ser pequeña tiene sus ventajas.
-Ahora, tenemos que buscar el lugar exacto donde ocurrió el asesinato -le respondió él- no detecto ninguna otra presencia más que la nuestra, así que podemos estar tranquilos.
Verónica lo miró con cara de piedad.
-¿Puedes hacerte algo más grande? Quisiera ir en tu lomo.
Cave aumentó su tamaño al de un pequeño oso y la chica saltó emocionada a su lomo, y comenzaron a andar a pequeños saltos.
-Siento cerca el olor a muerte -le dijo a ella.
Verónica estaba perdida en el paisaje a olvido del lugar, aquel se clavaba en sus poros y el tiempo pareció soltarle muchos reclamos, sintió un estremecimiento cuando vio el viejo y oxidado juego de las tazas giratorias, se sintió empujada para atrás en la espiral invisible de la revelación y todo el sitio se llenó de vida: Los juegos estaban funcionando de nuevo pintados de colores brillantes, divirtiendo a los niños risueños que gritaban de alegría sobre ellos. Entonces, en las tazas giratorias, ahora vivas y de un rosa chillón, justo al frente había una niña, una niña menuda, pálida, con un par de ojos oscuros, tomada de la mano de una mujer joven, pálida como ella, con sus mismos ojos, y la mirada distraída que ella llevaba siempre; la mujer bajó la mirada hacia la niña que ahora tiraba de su abrigo y dijo con una voz que Verónica había amado y amaba con locura y nostalgia, pero que ya había olvidado casi del todo, por el cruel destino del tiempo y la muerte prematura:
-Calma, Verónica, cuando los niños bajen podrás subir tú.
-Soy yo... Este sitio... Estuve aquí.. ¡Ahora recuerdo! Entonces... Ella... Ella es mamá -susurró Verónica y justo entonces la chica sintió que todo daba vueltas, y los colores vivos de la visión se fundieron con los colores muertos y decrépitos de su realidad y todo giró en un matiz confuso y vomitivo, como en una licuadora llena de oleos y trozos de tierra húmeda y lodo, sintió que se soltaba de Cave, y segundos después todo fue total oscuridad.
-¿Verónica? ¡Verónica! ¿Estás bien?
Verónica parpadeó levemente, tanteó con los dedos, y éstos se enterraron en el frío pasto, se sentía somnolienta, cansada, como si la hubieran despertado de una siesta muy buena a tan solo minutos de que la hubiera empezado. Cave permanecía sentado a su lado, y tenía las orejas caídas en señal de alarma. Se incorporó y miró alrededor, todo seguía igual de gris, no había señal ni de ella de niña, ni de su madre.
-Estoy bien, amigo -dijo tallándose los ojos- Sólo me sentí mareada, debe ser por no comer, ahora que recuerdo, tengo una barra de chocolate en la mochila.
Se puso de rodillas y extrajo la barra de Cadbury metida en el bolsillo delantero. La abrió y le pegó una mordida colosal.
-¿Quieres ir a descansar? -le preguntó Cave.
-No -respondió ella con las mejillas infladas y la boca llena- Vamojsh a conftinaursh.
-¿Segura? -cuestionó él, aún alarmado.
-Que sí, hombre -contestó ella, puso el resto del chocolate en la mochila y se montó de nuevo, avanzaron y ella volteó la mirada hacia las tazas y sonrió con tristeza.
-Fue aquí -dijo Cave deteniéndose en la entrada de una vieja casa del terror, con apariencia de castillo medieval.
-Entremos -dijo ella saltando de su lomo.
Verónica avanzó hacia la puerta y la empujó con los brazos, esta se abrió con un ruido demasiado irritante. Se detuvo en la entrada y buscó en la mochila su linterna, la encendió y suspiró. -Bien -dijo-. Para luego es tarde -y avanzó al interior, Cave saltó adelante de ella.
-Yo te guío -le dijo-. Estamos casi a nada.
La chica iluminaba su camino, las paredes adornadas con muñecos de plástico de películas de horror y escenas de tortura apenas y le provocaban incomodidad, los pasos de sus botas sonaban con eco por todo el sitio y las goteras adornaban el ambiente opresivo con un continuo "TAC, TAC"
-¿No sientes ese hedor? -preguntó Cave.
Verónica olfateó.
-Huele a humedad -sentenció.
-No -respondió Cave serio-. Huele a que algo se está pudriendo.
-Yo no siento nada -dijo ella oliendo con más atención.
-¿Estás segura?
-Lo estoy -dijo ella una vez que confirmó que su nariz no atrapaba otro olor más que el de la humedad del sitio.
-Entonces, Ve, acabo de dar con la huella hedionda, ya tengo su olor.
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