domingo, 25 de noviembre de 2012

La ramera.

Era tan bonita que parecía delito, de piel quemada como un cigarro en invierno.
De ojos grandes y oscuros como la incertidumbre, de labios rojos como la lumbre.
Se movía de una manera en que los polos ardían, parpadeaba incitando a las anarquías, vestía invitando al delito, cara de niña, alma de puta, y así por el estilo.

Oh, pero así vivíamos por eso lares, ella soportando regalos y piropos vulgares, entonces ¿Quien era la víctima en esa noche en la que ella movía las caderas? Sacando dinero, pertenencias.
Triste su vida, maldita por la belleza. Su melena morena, lágrimas y su torpeza.
Que los caballeros la seguían de aquí y allá, mirándole los lunares, las nalgas, y sus pies de un atractivo mortal.

Fingiendo amor por dinero, vivía de mentiras, siete noches en camas distintas, una sola noche siendo la mujer de Matías, otra la de Elías, ni que decir de Jeremías, oh, pero es que compartían el oro el tesoro, una mujer con cuerpo de manantial y alma de lodo.

Pero, como todo, la musa tuvo que encontrar, un filo más grande que el de ella, un filo que la terminaría por rebanar,
El caballero que no soporto sus mentiras, sus hombres, sus manías, le abrió el estómago en ese cuarto de hotel, le metió dos balas en la cabeza y desde el octavo piso lanzo el cadáver.

A nadie le importó esa puta muerta, fue una hoja de periódico y nada más, en su huerto de pecados cosechados aún quedan por germinar, ella, y ese fruto en su vientre, que nadie sospechó, jamás el sol pudieron mirar.

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